
COSQUIN.- Si se dice que en el Festival Nacional del Folklore hay de todo, como en botica, las pruebas están a la vista. Si el juego de contrastes de la primera noche fue con actuaciones como la del Chaqueño Palavecino y la de la bailarina Eleonora Cassano, en la segunda el eclecticismo se vio con números festivaleros, con la presencia del pianista Miguel Angel Estrella y Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, y con un espectáculo historicista de música y textos de Pacho O'Donnell y Antonio Tarragó Ros.
El público escucha todo, no con la misma atención, pero recibe todo lo que le plantan frente a sí y se enfervoriza con esas propuestas que mejor se adaptan a lo festivalero. Anteayer hubo dos que reúnen todos los requisitos. La primera, ya en la apertura, fue la actuación de Sergio Galleguillo; la siguiente fue la de Canto 4, que sigue haciendo los deberes para meterse al público en el bolsillo. Dio un show pirotécnico, a la medida de la asistencia festivalera y eso le valió el bis que le reclamaban con toda la fuerza la audiencia y la conductora del festival. Fue el primer grupo que debió volver a escena por PEDIDO DE LA GENTE. No se salvó ni Omar Moreno Palacios, que cuando estaba sentado para comenzar su recorrido por la música bonaerense debió levantarse para dejar paso al BIS del cuarteto salteño surgido dentro de la corriente nochera.
Otro que se llevó muchos aplausos fue Bruno Arias; pero él no tuvo bis. Sin embargo, el talentoso jujeño vio recompensado el hecho de haber llegado a Cosquín acompañado por un grupo numeroso de músicos y casi medio centenar de bailarines quiaqueños. Un gran esfuerzo que debió resumir en tres canciones. Algo similar sucedió con Aymama. A pesar de que recurrió innecesariamente a la más clásica de las zambas, puso varias joyitas en su breve repertorio y con apenas tres canciones el trío femenino demostró que ahora se planta de otra manera en el escenario Yupanqui y que está a punto caramelo.
Y si de plantarse se trata, Abel Pintos fue quien le puso el broche a la segunda luna (aunque luego quedaban muchos artistas todavía). El cantor de Ingeniero White fue el que llenó la plaza Próspero Molina antenoche, fue el que llevó a ese público femenino que lo adora y que lo sigue más allá de la procedencia de su música (sea folklore o pop).
Más temprano, la música estaba en las playas coscoínas. El río no viene caudaloso, pero el diquecito de La Toma estaba colmado de gente. Para las siete de la tarde, alimentado por la voz de Memo Vilte, el balneario era una fiesta jujeña. Carnavales y chayas sirvieron de combustible. Pero como todo escenario peñero, minutos después se podía encontrar allí a un dúo de guitarra y bombo que cantaba para que un ballet de un centro de jubilados de Santa Fe mostrara sus destrezas en las danzas de zapateo. Mucha gente en el agua, mucha gente sentada frente al escenario, con un desfile de grupos y solistas, con sorteos de discos y de entradas para la noche que estaría protagonizada por Abel Pintos.
El día soleado seguía acompañando el curso del agua. A un kilómetro de ahí, en otro balneario, todavía había música de atardecer, mientras el sol iluminaba las sierras y recortaba sus picos. Si algún escenario se apagaba, podía surgir alguna guitarreada con sikuris citadinos y músicos del trío instrumental cordobés MJC. Pero el día festivalero recién comenzaba y a medida que se iba la luz crecía el frenesí de una nueva luna que llegaba. En la cuadra de la avenida San Martín que da a la plaza Próspero Molina los sonidos se superponían. Folklore en todos lados y una calle hecha peatonal colmada de turistas instalados en el Valle de Punilla y de cordobeses que aprovecharon el fin de semana para acercarse a Cosquín.
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