Entre Abel Pintos, Miguel Estrella, Canto 4 y Bruno Arias, a la segunda noche no
le faltó sentimiento. Crónica y fotos.
Cosquín es pasión, se sabe. De otro modo quién sabe si el Festival Nacional
de Folklore hubiese tenido resto para llegar a superar el medio siglo de vida y
constituirse en la verdadera meca de los cantores vernáculos y hasta en el
árbitro de las conductas de la música popular argentina. Y la segunda noche tuvo
pasión. Pasiones de todo tipo, que llegaron de distintos lugares, con varidas
formas y gestos. La primera manifestación de esas pasiones fue la arenga de
Marcelo Simón en la apertura, dedicada al amor.
La segunda llegó enseguida, con la actuación de Sergio Galleguillo y ese
énfasis chayero que por momentos lleva a pensar que cuando la pasión desborda,
es demagogia.
En la plaza cubierta en un 70 por ciento, la noche fresca trazó su paleta de
pasiones. Miguel Ángel Estrella, el ballet Lo Lamento por la Baldosa y el ballet
El Aleph, rindieron homenaje a las Madres de Plaza de Mayo con un show colorido
y emotivo, que comenzó con la clásica Chakay Manta, por el miso Estrella
al piano y continuó con canciones como Hasta otro carnaval, de Raúl
Carnota, Qué bueno qué bueno, de Jaraba de Palo y el final con La
pobrecita, con Estrella nuevamente al piano, mientras algunas Madres desde
el escenario recibían el aplauso afectuoso de la Próspero Molina. Después, el
historiador Pacho O'Donell y Antonio Tarragó Ros desgranaron las apasionadas
historias de Camila y Uladislao, San Martín y Merceditas, Bairoletto y la
Justicia, entre otras, traídas desde el tiempo y contadas con música y
palabras.
Cada uno a su manera, Aymama y Omar Moreno Palacios encantaron a una plaza
que demostraba su sensibilidad con silencios y aplausos. Enseguida Canto 4
cambió el aire de las pasiones desatando un verdadero huracán que sopló con
fuerza en las tribunas y las plateas.Los salteños combinaron momentos de la
enjundia que le conocemos con otros que buscaban lirismo, tal vez menos
logrados, como una selección de zambas, cantadas a capella junto a toda la
plaza. Cuando parecía que la actuación había terminado con Chacarera del
rancho, hubo que respetar el deseo de los miles que pedían más. Entonces los
pétalos de la escenografía tuvieron que abrirse nuevamente para que vuelvan al
escenario.
La pasión juvenil fue para Abel Pintos un consagrado por Cosquín hace cuatro años. El
cantor de Ingeniero White canalizó mucho de lo que la plaza tenía para dar en
materia de afecto, suspiros y aplausos. Más allá de algunas baladas que no dicen
mucho, Pintos se mostró cantor completo, un artista que se para de otra manera
en el escenario, que apela a registros expresivos distintos a los que se suelen
ver en esta plaza, con un gesto que resulta personal y que pone mucho de
folklore en lo que hace.
La pasión del recuerdo llegó con Nicolás Membriani, Lucía Ceresani, Samuel
Garcilaso y Germán Montes, en el homenaje a Argentino Luna. De sur a norte la
pasión pasó después hacia Bruno Arias, recientemente declarado en La Quiaca como
embajador cultural de La Puna, Arias cumplió una actuación consagratoria,
acompañado por una banda sólida y versatil y un cuerpo de bailarines puneños que
pusieron plasticidad y color a sus canciones. Su actuación tuvo contenido,
buenas puesta, fuerza, ingenio, talento y recibió como respuesta el gran aplauso
de la plaza que quería más.
Bien entrada la madrugada, Los Núñez con Ruiz Guiñazú pusieron su pasión
chamamecera. Era muy tarde y siguieron pasando cantores hasta las seis de la
mañana. La pasión se mostró de muchas formas en otra larga noche, que vio pasar
23 números por el escenario Atahualpa Yupanqui. Hubo silencio y estrépimto,
superficialidad y profundidad, emoción y alegría. Una noche de pasiones.
Medir la pasión en función de los decibles y la fuerza expuesta es una de las
posibillidades, acaso la más corriente, pero no la única.

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